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Y pensé en ti


Como todas las mañanas llegué al parabús en punto de las 6:00 de la mañana. A pesar de ser un de esos días en que la mayoría sale con bufanda, yo vestía ligero. Me sentía fuerte y con muchas ganas de vivir. Aun no amanecía y las luces de Reforma estaban particularmente maravillosas, los edificios estaban imponentes, los árboles iluminados de rojo y azul se veían más frondosos a pesar de ser invierno, y de fondo el Ángel de la Independencia me hacía sentir algo de orgullo. Iluminado de rojo intenso, representaba la sangre de los que murieron por México, o quizás solo el color que se había elegido para los jueves.  Con la cámara del celular tomé una foto, que salió borrosa por la poca luz y pensé en ti.  

Irremediablemente pensé en ti. No por lo borroso de la foto. Tampoco por lo orgulloso de símbolo supremo de una cuestionable independencia. No entiendo porqué, pero me pasa a menudo. No debería, apenas te conozco. Te recuerdo más por tu foto de Facebook, que por las veces que te he mirado. De hecho no estoy seguro de haberte mirado tanto, apenas cruzamos unas palabras cuando me exiges mi credencial para poder entrar al edificio. Decidí caminar, así tendría un poco más de tiempo para pensar en ti sin distracciones. Y así lo hice mientras miraba a los jardineros cuidar las flores de las jardineras, sentí envidia, ellos disfrutaban su trabajo, tenían mano para las plantas, las acariciaban seductores mientras las regaban, y ellas les devolvían el gesto creciendo y creciendo. 

Reforma 456. Conté los pasos hacia el lobby del edificio, y sí, seguían siendo 23. Llegué a la recepción y el tiempo se detuvo otra vez. Con su micrófono de diadema lucía importante, segura de cada palabra, dueña de la situación. Con la mirada exigió el gafete. Lo saqué del blazer café de pana con parches en los codos, seleccionado en los colores que he notado que le gustan. Admiró mi buen gusto, lo supe porque no solo me dio el paso con un tenue movimiento de barbilla, ahora también retorcía la comisura de su labio derecho como queriendo reír. La sonrisa que no me salía en las fotos, se desparramaba cuando le agradecía el paso, mientras volvía a guardar mi credencial. Como todas las mañanas subí al elevador, miré el reloj para ver que iba temprano como siempre y empezar la cuenta regresiva para volver a mostrarle mi credencial. Como todos los días. Llegué hasta mi computadora, la prendí y pensé en ti.

Una foto publicada por Josue Contreras (@josuerodrigo) el

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Silencio

Esa noche me despertó el silencio.
Salí a caminar por las calles completamente vacías. Una intermitente línea recta se perdía a lo largo de la calle.  Así, en medio, caminé y caminé. Y silencio. No había nadie. Ni viento, ni nada. Sacudí los pies y no se escuchaba nada.  Azoté mis pies sobre el asfalto, y tampoco. Descubrí que estaba descalzo. Y que mantenía con exactitud un camino recto. Y silencio. El alumbrado público mostraba la línea recta sobre el asfalto. Silencio. Así se escucha cuando te marchas. Así suena cuando te despides sin darte cuenta. No suena. Quisieras gritos, abucheos, alguien que te sugiera regresar. Pero aunque lo haya, no se escucha. Porque todo está en silencio. Los pies ya no duelen, la piel no se enchina, la voz ya no sale. Así se despide uno.

Cruzando el farol

Lo encerraba todo en una masa sin color. Era tan grande como dispersa, una nube inmensa repleta de nada, frente a mi. El único farol de la calle, hacía que el resto del mundo se desvaneciera hasta desaparecerse ahí, en la nada, en el vacío de la oscuridad. Alejarse del farol esa noche sin luna, también significaba escuchar más claras las voces que, parpadeántes, se internaban en el vacío de la nada. Nada que ahora sonaba a voces que no dejaban de reclamar al silencio. 
Así seguí caminando. Perdiéndome en la nada, que lejos de ti, esa noche, significaba todo. Significaba yo. La nada era más, implicaba entender esas voces que con suerte eran mías, implorándome alejarme hacia la seguridad de la noche. Mi noche. Llegué a un lugar en que sólo escuchaba mis propios pasos, y de alguna forma los veía. Entre todos los negros, distinguí uno más oscuro que formaba mi sombra. Ahí me quedé. Seguro. Dueño de las tinieblas. Abrazado por la oscuridad que me llenaba más que tus brazos.  

Para no extinguirse

Busqué en el mueble de los discos algo optimista, pero no me quedó tanta fuerza. Abrí la alacena y busqué algo dulce, pero sólo había sombras, polvo que se levantaba entre el crujir de las puertas, entre los sollozos de las pisadas que esa tarde no podían detenerse, tenían que gritar, tenían que sonar. Como la garganta, como la piel, como la sangre, como el aliento, como todo lo que tiene que sonar cuando tiene que decir algo. Todos esos libros escritos, toda esa música compuesta, todas esas palabras dichas, todo ese vino bebido. Porque había algo que decir, porque si no se hubiera dicho, hubiera explotado. O quizás no hubiera explotado, y eso hubiera sido lo grave, que tenía que explotar. Qué la sangre tenía que salir a presión y untarse sobre la pared. Y la piel tenía que enchinarse, tenía que llamar la otra piel y tenía que hacerse una misma, las piernas frías que tenían que enfriarse junto a las manos regalándole algo de su tibieza. El aliento que tenía que entrar por los pulmones…