sábado, 17 de septiembre de 2016

Frío al medio día

Como animal moribundo que emplea sus últimas fuerzas para llegar a la aldea donde nació, ahí, se sumerge en el río y le deja la responsabilidad de su porvenir en manos de algo más grande, de la tierra que viene por ella, que la hace suya y que la vierte en el resto de la humanidad. 

El frío que llega al medio día cuando estás a punto de morir. Se entrega y deja que sea el viento quien se encargue de lo que queda de su ser. Es el fin. Pero antes, sólo un instante antes, cuando llega el depredador, en ese momento descubres que todo era una trampa. Solo fingía su agonía en medio de un desastrozo escenario. A un paso del cuerpo desnudo y entre el agua pintada de rojo, despierta para clavar sus dientes sobre tu cuello. La sensualidad como gancho volvió a ganar.

Publicado originalmente en Indicio.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Escaleras rojas que crujen

Aunque vaya para Montparnasse hay razones para bajarse en Goncourt. Es París y es motivo suficiente para seguir cualquier sospecha de amor, aunque las pistas  hayan sido sólo un par de miradas. Y como en un first person shooter, logras un headshoot a las espaldas de las gárgolas de Notre Dame. El vino en los perfectos jardines es el mejor de los pretextos. Llega el momento en que no se necesita de una guitarra para hacer sonar acordes,  caen las primeras gotas de lluvia sin truenos que hayan anunciado previamente la tormenta. Así es París en verano, húmedo, elegante y sensual. El tiempo corre más lento, puedo ver a ritmo semilento cómo se mueven tus labios cada que pronuncias una palabra. Las escaleras rojas que crujen hasta llegar al último de los pisos: es el inicio del fin. Es fácil verse en cada uno de tus gestos, es fácil terminar una noche e iniciar un nuevo día sólo mirándote.



Publicado originalmente en Indicio.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Fingiendo una casualidad

Qué bueno que estás leyendo porque quiero decirte algo importante. Tenía tiempo pensando en cómo decírtelo y me da gusto que seas tú quien entre por la puerta de mis palabras, ahora te invito a pasar y tomar asiento.

Ya con más calma, y con copa de vino en la mano, debo decirte que la vida nos ha llevado por rumbos tan extraños como necesarios.

Por extraño que parezca, necesito que entiendas que tú debes de estar conmigo. Tu lugar es lejos de casa, muy lejos, en un sitio construido por nosotros al paso. Nuestro lugar es un huracán que no se diene, sube y baja de intensidad, pero que tarde o temprano se desplaza a otro lugar. Eso somos y es nuestra responsabilidad dar continuidad a nuestros sueños. Nadie cuidará de ellos como nosostros.

Sí, sé que te parecerá extraño y que nadie te lo había dicho y que crees que estás haciendo cosas importantes y que tienes una misión en la vida. Lamento ser yo quien te dé esta noticia, pero estás equivocada, tus sueños son en realidad nuestros sueños. Es tu deber escucharme. Es mi obligación detenerte y mostrarte el camino que es solo para nosotros. 

Todos ignoramos algo y no hay nada de malo en ello. Ahora toca dejar de ignorar lo que ahora te digo y de hacernos responsables por nuestro futuro. Juntos. Lejos. Revolviéndonos entre hojas que se deshacen en contacto con el aire, que se desplazan hasta que dejan de ser. Así, dejaremos de ser, siendo. Y siendo por siempre, nos convertiremos en nada. En una nada integrada por una misma palabra: nada. Hasta en ese momento, cabremos en una sola palabra: nada. Y como los grandes, seguiremos siendo los dos en una palabra.

También está la opción de que no hayas comenzado a leer. En dado caso, te pido que asomes por tu ventana. Sí, sigo esperando a que asomes para fingir que voy pasando por ahí y que aprovecho para mirarte por dos segundos mientras fijo una casualidad.


lunes, 5 de septiembre de 2016

Palabras

Son para escribirse y quedarse.
Son para escribirse y después leerse.
Son para leerse, compartirse y defenderse.
Son para regalarlas.
También para dedicarlas o para pensar en alguien.
Pero sobre todo, son para mantenerlas hasta el final.

Y cuando te las den, usarlas, apropiarse de ellas, defenderlas también y diasfrutarlas.

No importa si son de despedida. Son tuyas.

Uno las escribe y dejan de ser de uno. Ya son de quien las inspiró. Ya son de quien las causa.

Ya son solamente de quien las guardó discretamente en el bolso. De esos que sintieron un calambre mientras las leían.

Las palabras pertenecen a los ojos que hacen brillar. Las palabras son sólo de los corazones que se entregan entre comas y puntos suspensivos. 

Son de quienes las dicen y se quedan, y te buscan la cara y exigen respuesta y no aceptarán que mueran mientras se pronuncian, por el contrario luchan cada día por mantenerlas. Y las leen. Y las leen. Y las pronuncian en voz alta, cual si fueran conjuros que un día habrán de convertirse en realidad.

¿Te imaginas cuátas palabras acumula ya tu sonrisa? 

Definitivamente, todas.

sábado, 3 de septiembre de 2016

Diálogos forzados


Así es como inicia la mañana, oscura, fría, con el eco de los ladridos de los perros que por momentos no me deja escuchar tu voz dándome los buenos días, pero de inmediato callo los sonidos de la calle para concentrarme en lo que me dirías si estuvieras aquí. En lo que te diría si pudieras escucharme. 

Siempre me he considerado bueno para los diálogos, pero tardo mucho en escribirlos, puedo detener una conversación para decir que esa frase es muy profunda y que debería de ser el inicio de una película o la línea de un villano maldito. 

Pero no soy tan bueno para los diálogos en vivo, tengo problemas para decirte grandes frases en momentos especiales, en esos momentos suelo quedarme callado, pensando si eso que dije está bien dicho, si he dicho alguna tontería, o qué será aquello que quedará en tus recuerdos cuando ya no estemos. 

Por eso muchas veces me quedo callado y no digo nada. Me quedo pensando, me quedo pensando si debí haberlo dicho, o si debí haber callado, debí haber dicho menos. No habrá un editor literario que analice la obra completa y pueda detenerme si es que estoy siendo demasiado duro y complico la continuidad de la historia. 

No me gusta cuando tú no estás, pero debo afirmar que es más sencillo dialogar contigo, porque a veces elijo un tono más valiente, directo y puedo terminar una oración con mucha más seguridad, en esos casos soy determinante y no temo que la historia deba terminar antes. 

Otras veces soy más amoroso, blando y digo todo eso que sé que te gustaría escuchar, esas escenas terminan con un largo beso debajo de las estrellas. 

Muchas veces no sé cómo es que los sucesos fueron llevándome hasta ahí, pero ya estamos acompañados de las estrellas, disfrutando de las constelaciones que no nos observan, pero tampoco nos impiden ser testigos de su luz. 

Ahora que no estás puedo ensayar cada línea, escribirlas, leerlas en voz alta mientras camino por el estudio y voy modulando la voz. 

Ahora no sé si algún día me puedas escuchar, pero si sí, ya tendré muy bien practicadas esas líneas en las que te diré que no permitiré te separes nunca más.  
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jueves, 1 de septiembre de 2016

Y desaparecer entre la niebla

No debiste haber desaparecido esa noche. 

Debí haberme perdido junto contigo, pero te ausentaste de mis ojos y la fuerza se esfumó de mis piernas. 

Logré levantaeme horas después pero ya la neblina te había tragado.

Todos los días me preguntaré qué hubiera pasado si esa noche no hubiera habido luna llena.

Nunca dejaré de estudiar cómo debió haber cerrado la conversación.

Ahora hago eso, imaginarme, sospechar, intuir. 

Escribo esas mil alternativas de lo que debió haber pasado. 

No tengo nada, hasta que lo escriba, quizás lo sabré.    
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