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Escaleras rojas que crujen

Aunque vaya para Montparnasse hay razones para bajarse en Goncourt. Es París y es motivo suficiente para seguir cualquier sospecha de amor, aunque las pistas  hayan sido sólo un par de miradas. Y como en un first person shooter, logras un headshoot a las espaldas de las gárgolas de Notre Dame. El vino en los perfectos jardines es el mejor de los pretextos. Llega el momento en que no se necesita de una guitarra para hacer sonar acordes,  caen las primeras gotas de lluvia sin truenos que hayan anunciado previamente la tormenta. Así es París en verano, húmedo, elegante y sensual. El tiempo corre más lento, puedo ver a ritmo semilento cómo se mueven tus labios cada que pronuncias una palabra. Las escaleras rojas que crujen hasta llegar al último de los pisos: es el inicio del fin. Es fácil verse en cada uno de tus gestos, es fácil terminar una noche e iniciar un nuevo día sólo mirándote.



Publicado originalmente en Indicio.

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Silencio

Esa noche me despertó el silencio.
Salí a caminar por las calles completamente vacías. Una intermitente línea recta se perdía a lo largo de la calle.  Así, en medio, caminé y caminé. Y silencio. No había nadie. Ni viento, ni nada. Sacudí los pies y no se escuchaba nada.  Azoté mis pies sobre el asfalto, y tampoco. Descubrí que estaba descalzo. Y que mantenía con exactitud un camino recto. Y silencio. El alumbrado público mostraba la línea recta sobre el asfalto. Silencio. Así se escucha cuando te marchas. Así suena cuando te despides sin darte cuenta. No suena. Quisieras gritos, abucheos, alguien que te sugiera regresar. Pero aunque lo haya, no se escucha. Porque todo está en silencio. Los pies ya no duelen, la piel no se enchina, la voz ya no sale. Así se despide uno.

La blancura de la noche

A las cuatro de la mañana son pocos los que conducen por la calle, menos los que transitan por el Paseo de la Reforma. Los pocos que caminan por las calles tienen miedo de los coches que rebasan el límite de velocidad, no sabes cuál de ellos se saldrá del camino para arrollarte, o simplemente quien se ocupara de mirarte minuciosamente. 
Yo conducía al centro de los tres carriles, a unos veinte kilómetros por hora. Tan lento como para que todos me rebasaran. Esa madrugada, no pasaba un solo carro. No pasaba más gente. No pasaba nada. Tan despierto como mi insomnio, me sentía con tanta energía como para bajarme y seguir caminando o corriendo o brincando de árbol en árbol. Me mantenía despacio. Repentinamente apareció junto a mi una camioneta, no circulaba más rápido, ni más lento, circulaba a la misma velocidad. Emparejados, empecé a ralentizar hasta quedarme completamente detenido. No miré directamente al otro auto hasta que noté que se había detenido también sobre el carril de mi izqui…

Para no extinguirse

Busqué en el mueble de los discos algo optimista, pero no me quedó tanta fuerza. Abrí la alacena y busqué algo dulce, pero sólo había sombras, polvo que se levantaba entre el crujir de las puertas, entre los sollozos de las pisadas que esa tarde no podían detenerse, tenían que gritar, tenían que sonar. Como la garganta, como la piel, como la sangre, como el aliento, como todo lo que tiene que sonar cuando tiene que decir algo. Todos esos libros escritos, toda esa música compuesta, todas esas palabras dichas, todo ese vino bebido. Porque había algo que decir, porque si no se hubiera dicho, hubiera explotado. O quizás no hubiera explotado, y eso hubiera sido lo grave, que tenía que explotar. Qué la sangre tenía que salir a presión y untarse sobre la pared. Y la piel tenía que enchinarse, tenía que llamar la otra piel y tenía que hacerse una misma, las piernas frías que tenían que enfriarse junto a las manos regalándole algo de su tibieza. El aliento que tenía que entrar por los pulmones…