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Frío al medio día

Como animal moribundo que emplea sus últimas fuerzas para llegar a la aldea donde nació, ahí, se sumerge en el río y le deja la responsabilidad de su porvenir en manos de algo más grande, de la tierra que viene por ella, que la hace suya y que la vierte en el resto de la humanidad. 

El frío que llega al medio día cuando estás a punto de morir. Se entrega y deja que sea el viento quien se encargue de lo que queda de su ser. Es el fin. Pero antes, sólo un instante antes, cuando llega el depredador, en ese momento descubres que todo era una trampa. Solo fingía su agonía en medio de un desastrozo escenario. A un paso del cuerpo desnudo y entre el agua pintada de rojo, despierta para clavar sus dientes sobre tu cuello. La sensualidad como gancho volvió a ganar.

Publicado originalmente en Indicio.

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Silencio

Esa noche me despertó el silencio.
Salí a caminar por las calles completamente vacías. Una intermitente línea recta se perdía a lo largo de la calle.  Así, en medio, caminé y caminé. Y silencio. No había nadie. Ni viento, ni nada. Sacudí los pies y no se escuchaba nada.  Azoté mis pies sobre el asfalto, y tampoco. Descubrí que estaba descalzo. Y que mantenía con exactitud un camino recto. Y silencio. El alumbrado público mostraba la línea recta sobre el asfalto. Silencio. Así se escucha cuando te marchas. Así suena cuando te despides sin darte cuenta. No suena. Quisieras gritos, abucheos, alguien que te sugiera regresar. Pero aunque lo haya, no se escucha. Porque todo está en silencio. Los pies ya no duelen, la piel no se enchina, la voz ya no sale. Así se despide uno.

Cruzando el farol

Lo encerraba todo en una masa sin color. Era tan grande como dispersa, una nube inmensa repleta de nada, frente a mi. El único farol de la calle, hacía que el resto del mundo se desvaneciera hasta desaparecerse ahí, en la nada, en el vacío de la oscuridad. Alejarse del farol esa noche sin luna, también significaba escuchar más claras las voces que, parpadeántes, se internaban en el vacío de la nada. Nada que ahora sonaba a voces que no dejaban de reclamar al silencio. 
Así seguí caminando. Perdiéndome en la nada, que lejos de ti, esa noche, significaba todo. Significaba yo. La nada era más, implicaba entender esas voces que con suerte eran mías, implorándome alejarme hacia la seguridad de la noche. Mi noche. Llegué a un lugar en que sólo escuchaba mis propios pasos, y de alguna forma los veía. Entre todos los negros, distinguí uno más oscuro que formaba mi sombra. Ahí me quedé. Seguro. Dueño de las tinieblas. Abrazado por la oscuridad que me llenaba más que tus brazos.  

Para no extinguirse

Busqué en el mueble de los discos algo optimista, pero no me quedó tanta fuerza. Abrí la alacena y busqué algo dulce, pero sólo había sombras, polvo que se levantaba entre el crujir de las puertas, entre los sollozos de las pisadas que esa tarde no podían detenerse, tenían que gritar, tenían que sonar. Como la garganta, como la piel, como la sangre, como el aliento, como todo lo que tiene que sonar cuando tiene que decir algo. Todos esos libros escritos, toda esa música compuesta, todas esas palabras dichas, todo ese vino bebido. Porque había algo que decir, porque si no se hubiera dicho, hubiera explotado. O quizás no hubiera explotado, y eso hubiera sido lo grave, que tenía que explotar. Qué la sangre tenía que salir a presión y untarse sobre la pared. Y la piel tenía que enchinarse, tenía que llamar la otra piel y tenía que hacerse una misma, las piernas frías que tenían que enfriarse junto a las manos regalándole algo de su tibieza. El aliento que tenía que entrar por los pulmones…