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El universo no deja pendientes

Estoy seguro de que fue una de esas cosas que ocurrió porque la estuve deseando durante tanto tiempo, que el universo no hubiera podido contra la fuerza que mi mente impulsaba contra él. Entraba a cada biblioteca pensando que iba a encontrar al libro de mi sueños y justo cuando estuviera apunto de levantarlo, me iba a encontrar con la mano extraña de otra persona, con la intención de arrebatármelo. Dejaría la caballerosidad para otro día y con mis reflejos de baterista me adelantaría para quedármelo y esconderlo en mi espalda con la finalidad de evitar me lo arrebate. Levantaría la cara solo para encontrarme con la dueña de la mano misteriosa, la mujer con la mirada más interesante del mundo, con la expresión mas retadora. nos miraríamos por un momento, no diríamos nada, simplemente nos miraríamos. Un empleado de la tienda llegaría a preguntar si todo está bien, pero ni su voz, ni su presencia nos sacaría de nuestro letargo en el que sólo existirían nuestras miradas pausadas en un mutis infinito. Algo abría de pasar, algo tan importante que me daría la tranquilidad de devolverle el libro con calma, ella lo tomaría con sus manos. Precisamente, con su mano derecha. Y con la izquierda me tomaría de la mano. Pondría el libro en el estante y saldríamos de ahí caminando juntos. Pasaríamos la calle sin soltarnos de una manera tan natural que no habría de sudarnos nunca la mano. Así, un día detenernos, volvernos a mirar y olvidar porqué estamos juntos, simplemente saber que la razón habría sido tan importante, que fue necesario eliminarla por seguridad, para seguir caminando, para no dejar nunca de ser, ni de estar. ¿En dónde se guardarían esos recuerdos ocultos? En alguna parte del corazón, en alguna parte del alma, en un sitio que no se ve, pero que se siente con la fuerza que el mar revienta sobre una roca. Que se siente como cuando un mazo estrella contra la roca que hace polvo. Sobre el corazón y retumba el alma. Esa que no se ve, pero que todos sentimos cuando dos miradas se encuentran y sin decirse nada sienten la más profunda de las emociones. Duele. Duele olvidar. Duele no saber cómo llegaste hasta aquí. Duele no recordar porqué las miradas se mantienen imantadas y porqué los cuerpos se mantuvieron ergonómicos. Duele sentir ganas de llorar cuando escuchas esa canción con la que pensabas en ella, y no recordar porqué te duele tanto, si olvidaste todo. Sólo sientes un dolor que te arrebata el aire de los pulmones. Hace que lloren los ojos. No se va. Entonces mirar ese libro que no leíste, pero que fue el que te conectó con ella. Mirarlo y pensar que le debes algo, leerlo, al menos.

Estoy seguro de que todo eso pasó. Estoy seguro de que el universo no hubiera dejado ese pendiente para luego. Fui yo el que olvidé. Soy yo el que no recordaré nunca. Son mis pensamientos, que se quemarán como el oxígeno de una fogata para regalar al mundo un poco de calor y después no existir jamás.


Una foto publicada por Josue Contreras (@josuerodrigo) el

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Silencio

Esa noche me despertó el silencio.
Salí a caminar por las calles completamente vacías. Una intermitente línea recta se perdía a lo largo de la calle.  Así, en medio, caminé y caminé. Y silencio. No había nadie. Ni viento, ni nada. Sacudí los pies y no se escuchaba nada.  Azoté mis pies sobre el asfalto, y tampoco. Descubrí que estaba descalzo. Y que mantenía con exactitud un camino recto. Y silencio. El alumbrado público mostraba la línea recta sobre el asfalto. Silencio. Así se escucha cuando te marchas. Así suena cuando te despides sin darte cuenta. No suena. Quisieras gritos, abucheos, alguien que te sugiera regresar. Pero aunque lo haya, no se escucha. Porque todo está en silencio. Los pies ya no duelen, la piel no se enchina, la voz ya no sale. Así se despide uno.

Cruzando el farol

Lo encerraba todo en una masa sin color. Era tan grande como dispersa, una nube inmensa repleta de nada, frente a mi. El único farol de la calle, hacía que el resto del mundo se desvaneciera hasta desaparecerse ahí, en la nada, en el vacío de la oscuridad. Alejarse del farol esa noche sin luna, también significaba escuchar más claras las voces que, parpadeántes, se internaban en el vacío de la nada. Nada que ahora sonaba a voces que no dejaban de reclamar al silencio. 
Así seguí caminando. Perdiéndome en la nada, que lejos de ti, esa noche, significaba todo. Significaba yo. La nada era más, implicaba entender esas voces que con suerte eran mías, implorándome alejarme hacia la seguridad de la noche. Mi noche. Llegué a un lugar en que sólo escuchaba mis propios pasos, y de alguna forma los veía. Entre todos los negros, distinguí uno más oscuro que formaba mi sombra. Ahí me quedé. Seguro. Dueño de las tinieblas. Abrazado por la oscuridad que me llenaba más que tus brazos.  

Para no extinguirse

Busqué en el mueble de los discos algo optimista, pero no me quedó tanta fuerza. Abrí la alacena y busqué algo dulce, pero sólo había sombras, polvo que se levantaba entre el crujir de las puertas, entre los sollozos de las pisadas que esa tarde no podían detenerse, tenían que gritar, tenían que sonar. Como la garganta, como la piel, como la sangre, como el aliento, como todo lo que tiene que sonar cuando tiene que decir algo. Todos esos libros escritos, toda esa música compuesta, todas esas palabras dichas, todo ese vino bebido. Porque había algo que decir, porque si no se hubiera dicho, hubiera explotado. O quizás no hubiera explotado, y eso hubiera sido lo grave, que tenía que explotar. Qué la sangre tenía que salir a presión y untarse sobre la pared. Y la piel tenía que enchinarse, tenía que llamar la otra piel y tenía que hacerse una misma, las piernas frías que tenían que enfriarse junto a las manos regalándole algo de su tibieza. El aliento que tenía que entrar por los pulmones…