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Chisguete

...con singular esmero tallaba las vasijas como si quisiera acabárselas, no era solo sacarle brillo, era más bien desgastarlas hasta que desapareciera el más mínimo rastro del último comensal que la utilizó. Fue entonces que llegó Armando, la tomó violentamente del brazo y la puso frente a él. Como siempre, no dijo nada. Solo le miró tan fijo, que le secó el aliento. Así permanecieron unos segundos hasta que Aldonsa cayó desmayada. Como siempre. Eran comunes los desmayos cuando lo miraba a los ojos de maneras repentinas. No estaba preparada para encararlo, mucho menos mientras trataba de borrar las huellas de una mentira. Nunca lograba contestar una frase completa cuando Armando acercaba tanto su rostro, mucho menos cuando ella alcanzaba a oler su olor a vainilla recién cortada. Una vez trató de alejarlo de un empujón, pero no fue más que un moviendo torpe, inútil, fallido. Tropezó y cayó en él. Quedó untada sobre su cuerpo, dócil, débil, entregada. Armando alcanzó a tomarla de los brazos, mientras su cabeza reposaba sobre su pecho. Armando la sostuvo fuerte, la zarandeó hasta que recobró el sentido. En cuanto abrió los ojos, había olvidado todo, porqué estaba ahí, entregada a él que la sacudía violentamente. Su reacción fue morderle los labios hasta sangrarlo. Saboreó la sangre mientras se aferraba con las mandíbulas trabadas. Pasó por su mente arrancarle el labio y tragárselo. Pero antes de aplicar tanta fuerza, Armando arrancó su blusa de un solo jalón. Aldonsa se echó para atrás en un instante. Sin detenerse a cubrir el pecho desnudo, le miró con una rabia que daba miedo. Ahí estaban, frente a frente. A ella le escurría sangre por la boca que ahora llegaba hasta su pecho desnudo. A él le colgaba un trozo de labio del que salía un tímido chisguete similar al que riega el jardín principal. Nadie se dijo nada. Pero desde ese día tomaron un poco más de distancia. Las vasijas cayeron al piso y quedaron varios segundos dando vueltas. Aldonsa sostenía esa mirada que intimidaba. Armando se aflojó la corbata dejando ver una expresión reptiliana.

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Silencio

Esa noche me despertó el silencio.
Salí a caminar por las calles completamente vacías. Una intermitente línea recta se perdía a lo largo de la calle.  Así, en medio, caminé y caminé. Y silencio. No había nadie. Ni viento, ni nada. Sacudí los pies y no se escuchaba nada.  Azoté mis pies sobre el asfalto, y tampoco. Descubrí que estaba descalzo. Y que mantenía con exactitud un camino recto. Y silencio. El alumbrado público mostraba la línea recta sobre el asfalto. Silencio. Así se escucha cuando te marchas. Así suena cuando te despides sin darte cuenta. No suena. Quisieras gritos, abucheos, alguien que te sugiera regresar. Pero aunque lo haya, no se escucha. Porque todo está en silencio. Los pies ya no duelen, la piel no se enchina, la voz ya no sale. Así se despide uno.

Cruzando el farol

Lo encerraba todo en una masa sin color. Era tan grande como dispersa, una nube inmensa repleta de nada, frente a mi. El único farol de la calle, hacía que el resto del mundo se desvaneciera hasta desaparecerse ahí, en la nada, en el vacío de la oscuridad. Alejarse del farol esa noche sin luna, también significaba escuchar más claras las voces que, parpadeántes, se internaban en el vacío de la nada. Nada que ahora sonaba a voces que no dejaban de reclamar al silencio. 
Así seguí caminando. Perdiéndome en la nada, que lejos de ti, esa noche, significaba todo. Significaba yo. La nada era más, implicaba entender esas voces que con suerte eran mías, implorándome alejarme hacia la seguridad de la noche. Mi noche. Llegué a un lugar en que sólo escuchaba mis propios pasos, y de alguna forma los veía. Entre todos los negros, distinguí uno más oscuro que formaba mi sombra. Ahí me quedé. Seguro. Dueño de las tinieblas. Abrazado por la oscuridad que me llenaba más que tus brazos.  

Para no extinguirse

Busqué en el mueble de los discos algo optimista, pero no me quedó tanta fuerza. Abrí la alacena y busqué algo dulce, pero sólo había sombras, polvo que se levantaba entre el crujir de las puertas, entre los sollozos de las pisadas que esa tarde no podían detenerse, tenían que gritar, tenían que sonar. Como la garganta, como la piel, como la sangre, como el aliento, como todo lo que tiene que sonar cuando tiene que decir algo. Todos esos libros escritos, toda esa música compuesta, todas esas palabras dichas, todo ese vino bebido. Porque había algo que decir, porque si no se hubiera dicho, hubiera explotado. O quizás no hubiera explotado, y eso hubiera sido lo grave, que tenía que explotar. Qué la sangre tenía que salir a presión y untarse sobre la pared. Y la piel tenía que enchinarse, tenía que llamar la otra piel y tenía que hacerse una misma, las piernas frías que tenían que enfriarse junto a las manos regalándole algo de su tibieza. El aliento que tenía que entrar por los pulmones…