jueves, 8 de septiembre de 2016

Fingiendo una casualidad

Qué bueno que estás leyendo porque quiero decirte algo importante. Tenía tiempo pensando en cómo decírtelo y me da gusto que seas tú quien entre por la puerta de mis palabras, ahora te invito a pasar y tomar asiento.

Ya con más calma, y con copa de vino en la mano, debo decirte que la vida nos ha llevado por rumbos tan extraños como necesarios.

Por extraño que parezca, necesito que entiendas que tú debes de estar conmigo. Tu lugar es lejos de casa, muy lejos, en un sitio construido por nosotros al paso. Nuestro lugar es un huracán que no se diene, sube y baja de intensidad, pero que tarde o temprano se desplaza a otro lugar. Eso somos y es nuestra responsabilidad dar continuidad a nuestros sueños. Nadie cuidará de ellos como nosostros.

Sí, sé que te parecerá extraño y que nadie te lo había dicho y que crees que estás haciendo cosas importantes y que tienes una misión en la vida. Lamento ser yo quien te dé esta noticia, pero estás equivocada, tus sueños son en realidad nuestros sueños. Es tu deber escucharme. Es mi obligación detenerte y mostrarte el camino que es solo para nosotros. 

Todos ignoramos algo y no hay nada de malo en ello. Ahora toca dejar de ignorar lo que ahora te digo y de hacernos responsables por nuestro futuro. Juntos. Lejos. Revolviéndonos entre hojas que se deshacen en contacto con el aire, que se desplazan hasta que dejan de ser. Así, dejaremos de ser, siendo. Y siendo por siempre, nos convertiremos en nada. En una nada integrada por una misma palabra: nada. Hasta en ese momento, cabremos en una sola palabra: nada. Y como los grandes, seguiremos siendo los dos en una palabra.

También está la opción de que no hayas comenzado a leer. En dado caso, te pido que asomes por tu ventana. Sí, sigo esperando a que asomes para fingir que voy pasando por ahí y que aprovecho para mirarte por dos segundos mientras fijo una casualidad.


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