Ir al contenido principal

Fingiendo una casualidad

Qué bueno que estás leyendo porque quiero decirte algo importante. Tenía tiempo pensando en cómo decírtelo y me da gusto que seas tú quien entre por la puerta de mis palabras, ahora te invito a pasar y tomar asiento.

Ya con más calma, y con copa de vino en la mano, debo decirte que la vida nos ha llevado por rumbos tan extraños como necesarios.

Por extraño que parezca, necesito que entiendas que tú debes de estar conmigo. Tu lugar es lejos de casa, muy lejos, en un sitio construido por nosotros al paso. Nuestro lugar es un huracán que no se diene, sube y baja de intensidad, pero que tarde o temprano se desplaza a otro lugar. Eso somos y es nuestra responsabilidad dar continuidad a nuestros sueños. Nadie cuidará de ellos como nosostros.

Sí, sé que te parecerá extraño y que nadie te lo había dicho y que crees que estás haciendo cosas importantes y que tienes una misión en la vida. Lamento ser yo quien te dé esta noticia, pero estás equivocada, tus sueños son en realidad nuestros sueños. Es tu deber escucharme. Es mi obligación detenerte y mostrarte el camino que es solo para nosotros. 

Todos ignoramos algo y no hay nada de malo en ello. Ahora toca dejar de ignorar lo que ahora te digo y de hacernos responsables por nuestro futuro. Juntos. Lejos. Revolviéndonos entre hojas que se deshacen en contacto con el aire, que se desplazan hasta que dejan de ser. Así, dejaremos de ser, siendo. Y siendo por siempre, nos convertiremos en nada. En una nada integrada por una misma palabra: nada. Hasta en ese momento, cabremos en una sola palabra: nada. Y como los grandes, seguiremos siendo los dos en una palabra.

También está la opción de que no hayas comenzado a leer. En dado caso, te pido que asomes por tu ventana. Sí, sigo esperando a que asomes para fingir que voy pasando por ahí y que aprovecho para mirarte por dos segundos mientras fijo una casualidad.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Silencio

Esa noche me despertó el silencio.
Salí a caminar por las calles completamente vacías. Una intermitente línea recta se perdía a lo largo de la calle.  Así, en medio, caminé y caminé. Y silencio. No había nadie. Ni viento, ni nada. Sacudí los pies y no se escuchaba nada.  Azoté mis pies sobre el asfalto, y tampoco. Descubrí que estaba descalzo. Y que mantenía con exactitud un camino recto. Y silencio. El alumbrado público mostraba la línea recta sobre el asfalto. Silencio. Así se escucha cuando te marchas. Así suena cuando te despides sin darte cuenta. No suena. Quisieras gritos, abucheos, alguien que te sugiera regresar. Pero aunque lo haya, no se escucha. Porque todo está en silencio. Los pies ya no duelen, la piel no se enchina, la voz ya no sale. Así se despide uno.

Cruzando el farol

Lo encerraba todo en una masa sin color. Era tan grande como dispersa, una nube inmensa repleta de nada, frente a mi. El único farol de la calle, hacía que el resto del mundo se desvaneciera hasta desaparecerse ahí, en la nada, en el vacío de la oscuridad. Alejarse del farol esa noche sin luna, también significaba escuchar más claras las voces que, parpadeántes, se internaban en el vacío de la nada. Nada que ahora sonaba a voces que no dejaban de reclamar al silencio. 
Así seguí caminando. Perdiéndome en la nada, que lejos de ti, esa noche, significaba todo. Significaba yo. La nada era más, implicaba entender esas voces que con suerte eran mías, implorándome alejarme hacia la seguridad de la noche. Mi noche. Llegué a un lugar en que sólo escuchaba mis propios pasos, y de alguna forma los veía. Entre todos los negros, distinguí uno más oscuro que formaba mi sombra. Ahí me quedé. Seguro. Dueño de las tinieblas. Abrazado por la oscuridad que me llenaba más que tus brazos.  

Para no extinguirse

Busqué en el mueble de los discos algo optimista, pero no me quedó tanta fuerza. Abrí la alacena y busqué algo dulce, pero sólo había sombras, polvo que se levantaba entre el crujir de las puertas, entre los sollozos de las pisadas que esa tarde no podían detenerse, tenían que gritar, tenían que sonar. Como la garganta, como la piel, como la sangre, como el aliento, como todo lo que tiene que sonar cuando tiene que decir algo. Todos esos libros escritos, toda esa música compuesta, todas esas palabras dichas, todo ese vino bebido. Porque había algo que decir, porque si no se hubiera dicho, hubiera explotado. O quizás no hubiera explotado, y eso hubiera sido lo grave, que tenía que explotar. Qué la sangre tenía que salir a presión y untarse sobre la pared. Y la piel tenía que enchinarse, tenía que llamar la otra piel y tenía que hacerse una misma, las piernas frías que tenían que enfriarse junto a las manos regalándole algo de su tibieza. El aliento que tenía que entrar por los pulmones…