Ir al contenido principal

Diálogos forzados


Así es como inicia la mañana, oscura, fría, con el eco de los ladridos de los perros que por momentos no me deja escuchar tu voz dándome los buenos días, pero de inmediato callo los sonidos de la calle para concentrarme en lo que me dirías si estuvieras aquí. En lo que te diría si pudieras escucharme. 

Siempre me he considerado bueno para los diálogos, pero tardo mucho en escribirlos, puedo detener una conversación para decir que esa frase es muy profunda y que debería de ser el inicio de una película o la línea de un villano maldito. 

Pero no soy tan bueno para los diálogos en vivo, tengo problemas para decirte grandes frases en momentos especiales, en esos momentos suelo quedarme callado, pensando si eso que dije está bien dicho, si he dicho alguna tontería, o qué será aquello que quedará en tus recuerdos cuando ya no estemos. 

Por eso muchas veces me quedo callado y no digo nada. Me quedo pensando, me quedo pensando si debí haberlo dicho, o si debí haber callado, debí haber dicho menos. No habrá un editor literario que analice la obra completa y pueda detenerme si es que estoy siendo demasiado duro y complico la continuidad de la historia. 

No me gusta cuando tú no estás, pero debo afirmar que es más sencillo dialogar contigo, porque a veces elijo un tono más valiente, directo y puedo terminar una oración con mucha más seguridad, en esos casos soy determinante y no temo que la historia deba terminar antes. 

Otras veces soy más amoroso, blando y digo todo eso que sé que te gustaría escuchar, esas escenas terminan con un largo beso debajo de las estrellas. 

Muchas veces no sé cómo es que los sucesos fueron llevándome hasta ahí, pero ya estamos acompañados de las estrellas, disfrutando de las constelaciones que no nos observan, pero tampoco nos impiden ser testigos de su luz. 

Ahora que no estás puedo ensayar cada línea, escribirlas, leerlas en voz alta mientras camino por el estudio y voy modulando la voz. 

Ahora no sé si algún día me puedas escuchar, pero si sí, ya tendré muy bien practicadas esas líneas en las que te diré que no permitiré te separes nunca más.  
Una foto publicada por Josue Contreras (@josuerodrigo) el

Comentarios

Entradas populares de este blog

Silencio

Esa noche me despertó el silencio.
Salí a caminar por las calles completamente vacías. Una intermitente línea recta se perdía a lo largo de la calle.  Así, en medio, caminé y caminé. Y silencio. No había nadie. Ni viento, ni nada. Sacudí los pies y no se escuchaba nada.  Azoté mis pies sobre el asfalto, y tampoco. Descubrí que estaba descalzo. Y que mantenía con exactitud un camino recto. Y silencio. El alumbrado público mostraba la línea recta sobre el asfalto. Silencio. Así se escucha cuando te marchas. Así suena cuando te despides sin darte cuenta. No suena. Quisieras gritos, abucheos, alguien que te sugiera regresar. Pero aunque lo haya, no se escucha. Porque todo está en silencio. Los pies ya no duelen, la piel no se enchina, la voz ya no sale. Así se despide uno.

Cruzando el farol

Lo encerraba todo en una masa sin color. Era tan grande como dispersa, una nube inmensa repleta de nada, frente a mi. El único farol de la calle, hacía que el resto del mundo se desvaneciera hasta desaparecerse ahí, en la nada, en el vacío de la oscuridad. Alejarse del farol esa noche sin luna, también significaba escuchar más claras las voces que, parpadeántes, se internaban en el vacío de la nada. Nada que ahora sonaba a voces que no dejaban de reclamar al silencio. 
Así seguí caminando. Perdiéndome en la nada, que lejos de ti, esa noche, significaba todo. Significaba yo. La nada era más, implicaba entender esas voces que con suerte eran mías, implorándome alejarme hacia la seguridad de la noche. Mi noche. Llegué a un lugar en que sólo escuchaba mis propios pasos, y de alguna forma los veía. Entre todos los negros, distinguí uno más oscuro que formaba mi sombra. Ahí me quedé. Seguro. Dueño de las tinieblas. Abrazado por la oscuridad que me llenaba más que tus brazos.  

Para no extinguirse

Busqué en el mueble de los discos algo optimista, pero no me quedó tanta fuerza. Abrí la alacena y busqué algo dulce, pero sólo había sombras, polvo que se levantaba entre el crujir de las puertas, entre los sollozos de las pisadas que esa tarde no podían detenerse, tenían que gritar, tenían que sonar. Como la garganta, como la piel, como la sangre, como el aliento, como todo lo que tiene que sonar cuando tiene que decir algo. Todos esos libros escritos, toda esa música compuesta, todas esas palabras dichas, todo ese vino bebido. Porque había algo que decir, porque si no se hubiera dicho, hubiera explotado. O quizás no hubiera explotado, y eso hubiera sido lo grave, que tenía que explotar. Qué la sangre tenía que salir a presión y untarse sobre la pared. Y la piel tenía que enchinarse, tenía que llamar la otra piel y tenía que hacerse una misma, las piernas frías que tenían que enfriarse junto a las manos regalándole algo de su tibieza. El aliento que tenía que entrar por los pulmones…