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El día en que nos volvamos a encontrar

Las mañanas frías cuando me enfrentaba al choque de la helada mañana sobre mis mejillas, volteaba a ver al piso del patio. Ahí estaba Demon, mi perro. Esas mañanas no se levantaba a acompañarme hasta la puerta de la calle, sólo me miraba de reojo y volvía a meter su cara entre sus orejas. Por momentos lo envidiaba, él no debía salir tan temprano y podía dormir un poco más. Él decidía la hora para levantarse, cuando tenía ganas de ladrar toda la noche, lo hacía. Cuando no, como esas mañanas terriblemente frías, sólo me miraba partir. Después pensaba en cómo podría ser la mente de un perro, la mente de un ser que te mira y son sus instintos los que motivan sus acciones. Demon no se pregunta nada. Sólo ataca cuando siente peligro, y se pone de pie de un brinco cuando quiere agradar a los demás, o se duerme cuando tiene frío. No se pregunta por qué. No se pregunta por qué aparecen personas un día y porque ya no están al otro.

No me gusta pensar en la razón por la que aparecen cosas y después desaparecen. No me gusta pensar en que hay una razón para todo. Detesto pensar en fuerzas superiores que tienen planes y que no importa qué hagas, si hay un plan diferente para ese día, tendrá que ser así. Diferente.

Sin embargo lo hay. Sin embargo es casi irremediable que haya algo escrito. Somos el resultado de un guión. Que no escribió uno solo, sino un pool de creativos que ni son tan creativos y que marcan nuestros pasos. Así es. 

Me gustaba pensar que sería mejor ser Demon. No preguntarme por cosas. Simplemente dormir y ya. Simplemente despertar y ya. Simplemente morir y ya. Sin tantas responsabilidades, sin tantos deberes que hacer en la vida para disfrutar en la muerte. Sin la obligación de esperar un día a que se acabe todo para que siga quién sabe cómo y cuándo y dónde. La verdad es que no estaba muy seguro de querer seguirme preguntando cosas. Mejor morder la escoba y en eso invertir la tarde. No en pensar porqué un día aparece alguien y después desaparece. 

No sé si Demon me extrañe ahora. Yo sí lo extraño, me gustaría que se sentara junto a mi mientras busco estrellas con el telescopio. Pero ya no está. Ya tampoco miro estrellas con el telescopio ni me siento en el patio por las noches. Las cosas han cambiado y a veces sí las extraño. ¿Pero Demon? 

No sé dónde esté ahora. Cuando cerró los ojos pensé que no lo volvería a ver nunca. Pero el resto de mi vida sería terrible si no me hago la idea de que nos volveremos a encontrar. Además no soy de esos. Soy de los que piensa y piensa en cómo tendrían que darse las cosas para que ocurran. Hacer que suceda. Hacer que suceda. Hacer que suceda. Eso es lo que pasa por mi cabeza mientras Demon quizás solo mueva la cola ese día en que nos volvamos encontrar.

Stories of life and death.

Un vídeo publicado por Josue Contreras (@josuerodrigo) el

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Silencio

Esa noche me despertó el silencio.
Salí a caminar por las calles completamente vacías. Una intermitente línea recta se perdía a lo largo de la calle.  Así, en medio, caminé y caminé. Y silencio. No había nadie. Ni viento, ni nada. Sacudí los pies y no se escuchaba nada.  Azoté mis pies sobre el asfalto, y tampoco. Descubrí que estaba descalzo. Y que mantenía con exactitud un camino recto. Y silencio. El alumbrado público mostraba la línea recta sobre el asfalto. Silencio. Así se escucha cuando te marchas. Así suena cuando te despides sin darte cuenta. No suena. Quisieras gritos, abucheos, alguien que te sugiera regresar. Pero aunque lo haya, no se escucha. Porque todo está en silencio. Los pies ya no duelen, la piel no se enchina, la voz ya no sale. Así se despide uno.

Cruzando el farol

Lo encerraba todo en una masa sin color. Era tan grande como dispersa, una nube inmensa repleta de nada, frente a mi. El único farol de la calle, hacía que el resto del mundo se desvaneciera hasta desaparecerse ahí, en la nada, en el vacío de la oscuridad. Alejarse del farol esa noche sin luna, también significaba escuchar más claras las voces que, parpadeántes, se internaban en el vacío de la nada. Nada que ahora sonaba a voces que no dejaban de reclamar al silencio. 
Así seguí caminando. Perdiéndome en la nada, que lejos de ti, esa noche, significaba todo. Significaba yo. La nada era más, implicaba entender esas voces que con suerte eran mías, implorándome alejarme hacia la seguridad de la noche. Mi noche. Llegué a un lugar en que sólo escuchaba mis propios pasos, y de alguna forma los veía. Entre todos los negros, distinguí uno más oscuro que formaba mi sombra. Ahí me quedé. Seguro. Dueño de las tinieblas. Abrazado por la oscuridad que me llenaba más que tus brazos.  

Para no extinguirse

Busqué en el mueble de los discos algo optimista, pero no me quedó tanta fuerza. Abrí la alacena y busqué algo dulce, pero sólo había sombras, polvo que se levantaba entre el crujir de las puertas, entre los sollozos de las pisadas que esa tarde no podían detenerse, tenían que gritar, tenían que sonar. Como la garganta, como la piel, como la sangre, como el aliento, como todo lo que tiene que sonar cuando tiene que decir algo. Todos esos libros escritos, toda esa música compuesta, todas esas palabras dichas, todo ese vino bebido. Porque había algo que decir, porque si no se hubiera dicho, hubiera explotado. O quizás no hubiera explotado, y eso hubiera sido lo grave, que tenía que explotar. Qué la sangre tenía que salir a presión y untarse sobre la pared. Y la piel tenía que enchinarse, tenía que llamar la otra piel y tenía que hacerse una misma, las piernas frías que tenían que enfriarse junto a las manos regalándole algo de su tibieza. El aliento que tenía que entrar por los pulmones…