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Mostrando entradas de octubre, 2017

No te debía querer, pero te quise

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Como todas las tardes después de caminar por Chapultepec, me senté frente a mi piano acompañado de una copa de vino. Sé que puede sonar a estereotipo, pero eso es lo que hago. Arremangarme las mangas de la camisa, prender un cigarro, levantar la carpeta azul que reposa sobre el piano y tomar un poco de aire para concentrarme en ti. No voy a mentir, hay veces que tardo unos minutos mirando sólo tu fotografía, dando largos tragos a mi copa, incluso podrían haber sido horas. También he llegado a cerrar los ojos. Mentiría si digo que no he llorado abrazado de tu recuerdo. Pero llega un momento en que después de tragarme esas lágrimas, deslizo mis largos dedos sobre el piano, y te olvido.
Así es todas las noches. Buscar entre tus recuerdos el recoveco exacto que se convierta en una nota. No dudo que llegue el día en que la canción que que queramos escuchar se reproduzca con sólo mencionarla al aire. Hoy no es así. Hoy evoco tu memoria y le doy vida con las notas del piano. Tardo un poco, pe…

Cruzando el farol

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Lo encerraba todo en una masa sin color. Era tan grande como dispersa, una nube inmensa repleta de nada, frente a mi. El único farol de la calle, hacía que el resto del mundo se desvaneciera hasta desaparecerse ahí, en la nada, en el vacío de la oscuridad. Alejarse del farol esa noche sin luna, también significaba escuchar más claras las voces que, parpadeántes, se internaban en el vacío de la nada. Nada que ahora sonaba a voces que no dejaban de reclamar al silencio. 
Así seguí caminando. Perdiéndome en la nada, que lejos de ti, esa noche, significaba todo. Significaba yo. La nada era más, implicaba entender esas voces que con suerte eran mías, implorándome alejarme hacia la seguridad de la noche. Mi noche. Llegué a un lugar en que sólo escuchaba mis propios pasos, y de alguna forma los veía. Entre todos los negros, distinguí uno más oscuro que formaba mi sombra. Ahí me quedé. Seguro. Dueño de las tinieblas. Abrazado por la oscuridad que me llenaba más que tus brazos.  

Para no extinguirse

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Busqué en el mueble de los discos algo optimista, pero no me quedó tanta fuerza. Abrí la alacena y busqué algo dulce, pero sólo había sombras, polvo que se levantaba entre el crujir de las puertas, entre los sollozos de las pisadas que esa tarde no podían detenerse, tenían que gritar, tenían que sonar. Como la garganta, como la piel, como la sangre, como el aliento, como todo lo que tiene que sonar cuando tiene que decir algo. Todos esos libros escritos, toda esa música compuesta, todas esas palabras dichas, todo ese vino bebido. Porque había algo que decir, porque si no se hubiera dicho, hubiera explotado. O quizás no hubiera explotado, y eso hubiera sido lo grave, que tenía que explotar. Qué la sangre tenía que salir a presión y untarse sobre la pared. Y la piel tenía que enchinarse, tenía que llamar la otra piel y tenía que hacerse una misma, las piernas frías que tenían que enfriarse junto a las manos regalándole algo de su tibieza. El aliento que tenía que entrar por los pulmones…

La blancura de la noche

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A las cuatro de la mañana son pocos los que conducen por la calle, menos los que transitan por el Paseo de la Reforma. Los pocos que caminan por las calles tienen miedo de los coches que rebasan el límite de velocidad, no sabes cuál de ellos se saldrá del camino para arrollarte, o simplemente quien se ocupara de mirarte minuciosamente. 
Yo conducía al centro de los tres carriles, a unos veinte kilómetros por hora. Tan lento como para que todos me rebasaran. Esa madrugada, no pasaba un solo carro. No pasaba más gente. No pasaba nada. Tan despierto como mi insomnio, me sentía con tanta energía como para bajarme y seguir caminando o corriendo o brincando de árbol en árbol. Me mantenía despacio. Repentinamente apareció junto a mi una camioneta, no circulaba más rápido, ni más lento, circulaba a la misma velocidad. Emparejados, empecé a ralentizar hasta quedarme completamente detenido. No miré directamente al otro auto hasta que noté que se había detenido también sobre el carril de mi izqui…